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MASKANA YACHAY

15 Nov, 2006

Al Maestro Sandoval

Literatura — Escrito por hernan @ 11:44

Cuando tenía unos dieciséis o diecisiete, entré al Taller de Poesía de la ULIMA. Un lugar que hizo mucho más llevadero mi tiempo de Facultad. Ahí conocí a Renato Sandoval, el que hasta el día de hoy considero mi maestro en las letras, aunque muy a pesar suyo, nada haya aprendido. Mea Culpa.
Aquí les dejo unas líneas suyas respecto al maravilloso mundo de la Poesía.

La poesía: de guiños y destinos


Renato Sandoval

 


Muy lejanos ya los días en que, siendo apenas un púber de trece años, casto en el amor y virgen también en lecturas literarias, me topaba a diario con la vitrina de una pequeña librería que se encontraba entre mi casa y el colegio. En ella se exhibía, además de los consabidos útiles de escritorio, algunos libros cuyos nombres y autores por entonces no me decían nada. Pero uno de ellos me llamaba especialmente la atención, pues en la cubierta se asomaba el perfil de una cabeza humana cuyo alargado mentón casi sobresalía por uno de los bordes del libro, y en el lugar donde debían aparecer los ojos, se veía dos manchas muy profundas a manera de verdaderos abismos que provocaban vértigo. Solo había tres palabras en esa cubierta: en el extremo superior, en grandes letras color escarlata, se leía: TRILCE, y en el inferior, con menuda letra azabache: César Vallejo. Demás está decir que, a fuerza de tanto pasar frente a él, un buen día me decidí a vencer mi innata timidez y a entrar a la librería para hojear ese libro, que desde hacía tiempo me hacía guiños. Es fácil imaginar que la primera vez que recorrí sus páginas con curiosa mirada no entendí absolutamente nada, pues me di con un lenguaje ininteligible, lleno de sobresaltos, intejecciones y galimatías, con frases que comenzaban y no terminaban y con líneas que se fragmentaban y recomponían sin ningún orden ni designio aparentes. Lejos de experimentar rechazo por el libro, lo que me produjo en un inicio fue más bien un enorme desconcierto, el cual no obstante se convirtió enseguida en alegría y entusiasmo, ya que sentí como si de pronto hubiera hecho un extraordinario descubrimiento que podía tener consecuencias imprevisibles. Lamentablemente, por falta de dinero (fatal destino de poeta) no me pude comprar ese volumen, pero cada día, de regreso del colegio, me detenía siempre en esa librería a fin de seguir avanzando en su alucinante y de hecho ardua lectura. Creo que unos de los días más importantes de mi vida fue cuando, luego de un largo y penoso esfuerzo, pude reunir la cantidad justa para comprármelo. A la salida de clases, fui corriendo a la librería, angustiado y temeroso por pensar que alguien podía habérseme adelantado. Por suerte, el mentón del poeta aún estaba ahí, agitándose a manera de saludo, mientras que de sus abismos oculares me pareció adivinar un oscuro resplandor. Así, Trilce se convirtió literalmente en el primer libro de mi ahora considerable biblioteca.

Más de tres décadas han pasado desde entonces y es obvio que mucha agua ha corrido bajo el puente: en principio, es muy posible que por culpa de ese libro, haya dejado a un lado una carrera promisoria y rentable como la de arquitectura o economía, según designio familiar; pero también que por causa de él haya tenido el enorme privilegio de haberme apasionado por la literatura sin dar nunca marcha atrás; de haber leído a espléndidos autores de todos los tiempos y latitudes -lo que a su vez me ha llevado a transitar por lenguas y tierras extranjeras, con los hallazgos y aventuras que ello implica-; de haber traducido y editado algunos libros importantes y acaso decisivos; de haber escrito sobre ellos y, en el colmo de la osadía, de haber escrito los míos propios.

Por último, aunque no por ello menos significativo, mi propia hija se llama Trilce, quien por su extraña belleza y particularidad es de alguna manera una proyección viva de Vallejo y los suyos. Y con esto quiero decir que acaso no es la voz de él la que aún resuena, sino otra voz, aun más arcana y primigenia, que viene desde antiguo atravesando todas las lenguas y todos los espacios, a manera de un hilo que todo lo ensarta y que, por ende, todo lo ordena: la voz de la Poesía, que no es de nadie y es de todos, esa que está compuesta de la de quienes han pretendido interpretarla y, sobre todo, de la de aquellos que en el futuro se irán plegando a ella. De ahí que no haya una sola que, en rigor, sea superior o inferior a las demás, pues en su conjunto forman algo superior a ellas mismas.

Será por eso que ahora que vuelvo a ver sobre una repisa el viejo pero digno ejemplar de Trilce -que por cierto aún conservo-, creo advertir que el soberbio mentón vallejiano se ha contraído un tanto, dejando entrever ahora un atisbo de cómplice e irónica sonrisa.


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